Esta parte del mundo, gracias a la rotación de la tierra, empieza a quedar a oscuras. La gente vuelve a sus casas luego de terminar sus cosas. Se encienden hornallas, televisores, aparatos de música. Es el ocaso. Algo está por terminar. Se aproxima la noche, el sueño, la inconsciencia. Se cierra el relámpago. Se inicia la brecha Mañana será otro día y habrá que volver a empezar.
Esta es la hora en que los bebés se ponen inquietos. Y las madres preparan baños tibios con gotitas relajantes. Es la hora del drink. De la cerveza o el Campari.
A esta hora algo empieza a agitarse. Dan ganas de salir corriendo. De atravesar vidrios, fuego. De abrirse la piel, de salirse de uno. De gritar.
Antes que anochezca, dicen las brujas, en el páramo, van a interceptarlo. A él. A Macbeth.
A esta hora pelo remolacha, y la corto en cubos. Fumo un cigarrillo, encerrada en la cocina. Es la hora del miedo. De la contaminación.
A esta hora la conciencia de Lady Macbeth chorrea sangre. Ella se restriega las manos para quitarse los crímenes de encima y daría cualquier cosa, cualquiera, por volver el tiempo atrás.
Este es el instante en el que me siento a esperar la hora futura.
jueves 19 de noviembre de 2009
jueves 29 de octubre de 2009
Dile a tus amigos qué estás pensando
Virginia se pregunta cuántos años o si perpetua por el crimen que se le cruza por la cabeza.
Virginia eleva una plegaria al cielo, pero apenas llega hasta el techo.
Virginia le contesta al vecino: si, tengo momentos.
Virginia le grita a su hija.
Virginia le grita a las a migas de su hija. Las amigas de su hija le dicen: vos no podés retarme.
Virginia sonríe. Pero solo para esconder los dientes.
Virginia tira una leche larga vida que venció hace un mes.
Virginia recorta del diario palabras con que y qui.
Virginia maldice a la maestra
Virginia le sirve a la amiga de su hija una leche con cereales.
Virginia le sirve a la otra amiga de su hija un vaso de agua.
Virginia le unta a su hija dos tostadas con manteca.
Virginia le unta a la amiga de su hija dos tostadas con manteca.
Virginia contesta si, mi amor, cuando su hija le pregunta si le puede untar con manteca dos tostadas más.
Virginia le sirve otra ración de cereales a la otra amiga de su hija
Virginia le grita a su hija otra vez, porque está por pisar descalza la tijera.
Virginia baja el tono de voz y explica: no quiero que te lastimes.
Virginia se hace la sorda cuando la amiga de su hija le pide por décima vez algo para comer
Virginia se dice a si misma: está bien con una.
Virginia no tendría paciencia para más hijos.
Virginia eleva una plegaria al cielo, pero apenas llega hasta el techo.
Virginia le contesta al vecino: si, tengo momentos.
Virginia le grita a su hija.
Virginia le grita a las a migas de su hija. Las amigas de su hija le dicen: vos no podés retarme.
Virginia sonríe. Pero solo para esconder los dientes.
Virginia tira una leche larga vida que venció hace un mes.
Virginia recorta del diario palabras con que y qui.
Virginia maldice a la maestra
Virginia le sirve a la amiga de su hija una leche con cereales.
Virginia le sirve a la otra amiga de su hija un vaso de agua.
Virginia le unta a su hija dos tostadas con manteca.
Virginia le unta a la amiga de su hija dos tostadas con manteca.
Virginia contesta si, mi amor, cuando su hija le pregunta si le puede untar con manteca dos tostadas más.
Virginia le sirve otra ración de cereales a la otra amiga de su hija
Virginia le grita a su hija otra vez, porque está por pisar descalza la tijera.
Virginia baja el tono de voz y explica: no quiero que te lastimes.
Virginia se hace la sorda cuando la amiga de su hija le pide por décima vez algo para comer
Virginia se dice a si misma: está bien con una.
Virginia no tendría paciencia para más hijos.
jueves 8 de octubre de 2009
Crave
Y quiero jugar a las escondidas y regalarte mi ropa y decirte cuánto me gustan tus zapatos y sentarme en el borde de la bañera cuando te bañás y hacerte masajes en el cuello y darte besos en los pies y llevarte de la mano e irme con vos a cenar y que no me importa que comas de mi plato y encontrarme con vos en el Rudy´s y hablar del día y tipear tus cartas y llevar tus cajas y reírme de tus paranoias y regalarte discos que nunca escucharás y ver películas buenísimas y ver películas malas y quejarme del programa de radio y hacerte fotos mientras dormís y levantarme para prepararte café con tostadas y pancitos y salir con vos a tomar café a Florent en medio de la noche y dejar que me robes los cigarrillos y que nunca tengas fuego y contarte lo que vi en la tele la otra noche y acompañarte al oculista y no reirme de tus chistes y despertarte por la mañana pero dejarte dormir un poco más y mientras darte besos en la espalda y acariciar tu piel y decirte cuánto me gusta tu pelo tus ojos tus labios tu cuello tu pecho tu culo tu
Y sentarme a fumar en la escalera hasta que vuelva tu vecina y preocuparme cuando te atrasás y asombrarme cuando te adelantás y regalarte girasoles e ir a tu fiesta y bailar hasta quedar negro y estar triste cuando me equivoque y feliz cuando me perdones y mirar tus fotos y desear haberte conocido desde siempre y sentir tu voz en mis oídos y sentir tu piel contra mi piel y tener mucho miedo cuando te enojes y se te ponga un ojo rojo y otro azul y tu pelo hacia la izquierda y una cara de oriental y decirte estás preciosa y abrazarte cuando estás ansiosa y abrazarte más cuando sufras y desearte solo con olerte y abusarme al tocarte y gemir cuando esté a tu lado y gemir cuando no esté a tu lado y babear sobre tu pecho y envolverte toda la noche y sentir frío cuando me saques la manta y sentir calor cuando no lo hagas y derretirme cuando sonrías y desintegrarme cuando rías y no entender por qué creés que te estoy rechazando cuando no e estoy rechazando y preguntarme cómo podés pensar que yo sería capaz de rechazarte a vos y preguntarme quién sos pero aceptarte igual y contarte acerca del ángel del árbol del niño del bosque encantado que voló sobre el océano porque te amaba y ecribirte poemas y preguntarte por qué no me creés y tener un sentimiento tan profundo que no encuentra palabras y querer comprarte un gatito y sentir celos de él cuando reciba más atención que yo y retenerte en la cama cuando te tengas que ir y llorar como un bebé cuando finalmente te vayas y vaciar los ceniceros y comprarte regalos que no quieras y llevármelos otra vez y pedirte que te cases conmigo y que vos me digas que no otra vez pero continuar pidiéndotelo porque aunque vos creas que no es en serio siempre fue en serio desde la primera vez y deambular por toda la ciudad pensando que sin vos está vacía y querer todo lo que querés y pensar que me estoy perdiendo a mi mismo y saber que con vos estoy a salvo y contarte de mi mismo lo peor e intentar darte lo mejor porque vos lo merecés y contestar tus preguntas cuando prefiera no hacerlo y decirte la verdad cuando en realidad no quiero e intentar ser honesto porque se que vos lo preferís y pensar que todo se acabó pero aferrarme allí diez minutos más hasta que vos me eches de tu vida y te olvides de quién soy e intentar acercarme a vos porque es hermoso aprender a conocerte y el esfuerzo vale la pena y hablarte mal en alemán y peor en hebreo y hacer el amor con vos a las tres de la madrugada y de alguna de alguna de alguna manera comunicarte algo de ese amor abrumador arrasador incondicional omnipresente sempiterno que enriquece el corazón y libera la mente ese amor eterno y presente que siento por vos.
Fragmento de la obra Crave. De Sarah Kane.
Y sentarme a fumar en la escalera hasta que vuelva tu vecina y preocuparme cuando te atrasás y asombrarme cuando te adelantás y regalarte girasoles e ir a tu fiesta y bailar hasta quedar negro y estar triste cuando me equivoque y feliz cuando me perdones y mirar tus fotos y desear haberte conocido desde siempre y sentir tu voz en mis oídos y sentir tu piel contra mi piel y tener mucho miedo cuando te enojes y se te ponga un ojo rojo y otro azul y tu pelo hacia la izquierda y una cara de oriental y decirte estás preciosa y abrazarte cuando estás ansiosa y abrazarte más cuando sufras y desearte solo con olerte y abusarme al tocarte y gemir cuando esté a tu lado y gemir cuando no esté a tu lado y babear sobre tu pecho y envolverte toda la noche y sentir frío cuando me saques la manta y sentir calor cuando no lo hagas y derretirme cuando sonrías y desintegrarme cuando rías y no entender por qué creés que te estoy rechazando cuando no e estoy rechazando y preguntarme cómo podés pensar que yo sería capaz de rechazarte a vos y preguntarme quién sos pero aceptarte igual y contarte acerca del ángel del árbol del niño del bosque encantado que voló sobre el océano porque te amaba y ecribirte poemas y preguntarte por qué no me creés y tener un sentimiento tan profundo que no encuentra palabras y querer comprarte un gatito y sentir celos de él cuando reciba más atención que yo y retenerte en la cama cuando te tengas que ir y llorar como un bebé cuando finalmente te vayas y vaciar los ceniceros y comprarte regalos que no quieras y llevármelos otra vez y pedirte que te cases conmigo y que vos me digas que no otra vez pero continuar pidiéndotelo porque aunque vos creas que no es en serio siempre fue en serio desde la primera vez y deambular por toda la ciudad pensando que sin vos está vacía y querer todo lo que querés y pensar que me estoy perdiendo a mi mismo y saber que con vos estoy a salvo y contarte de mi mismo lo peor e intentar darte lo mejor porque vos lo merecés y contestar tus preguntas cuando prefiera no hacerlo y decirte la verdad cuando en realidad no quiero e intentar ser honesto porque se que vos lo preferís y pensar que todo se acabó pero aferrarme allí diez minutos más hasta que vos me eches de tu vida y te olvides de quién soy e intentar acercarme a vos porque es hermoso aprender a conocerte y el esfuerzo vale la pena y hablarte mal en alemán y peor en hebreo y hacer el amor con vos a las tres de la madrugada y de alguna de alguna de alguna manera comunicarte algo de ese amor abrumador arrasador incondicional omnipresente sempiterno que enriquece el corazón y libera la mente ese amor eterno y presente que siento por vos.
Fragmento de la obra Crave. De Sarah Kane.
miércoles 7 de octubre de 2009
Planetas
Un bichito de la suerte pasa cerca de mi brazo.
Le ofrezco un dedo para que suba.
Lo esquiva.
Vuelvo a interponer mi dedo a su recorrido.
Me esquiva. Insisto. Me esquiva.
Pensar:
Que es un insecto inmundo.
Como todos los insectos. Con pintitas en el lomo.
Una deformación. Una particularidad bella.
Que el mundo, si se lo mira desde afuera, de lejos, es un bicho inmundo con pintitas en el lomo.
Que soy un astronauta, con poca reserva de aire, gravitando la estratosfera.
Le ofrezco un dedo para que suba.
Lo esquiva.
Vuelvo a interponer mi dedo a su recorrido.
Me esquiva. Insisto. Me esquiva.
Pensar:
Que es un insecto inmundo.
Como todos los insectos. Con pintitas en el lomo.
Una deformación. Una particularidad bella.
Que el mundo, si se lo mira desde afuera, de lejos, es un bicho inmundo con pintitas en el lomo.
Que soy un astronauta, con poca reserva de aire, gravitando la estratosfera.
lunes 5 de octubre de 2009
viernes 4 de septiembre de 2009
Rezamos
Con las manos muy juntas, en otras religiones, balanceando el cuerpo hacia atrás y hacia adelante, mirando a Jerusalem, a la Meca, con la frente contra el suelo, arrodilladas, entonando mantras, invocando a los espíritus, contando las cuentas de un rosario, bailando en ronda hare hare, encendiendo fogatas, ofeciendo sacrificios, derramando sangre, bebiendo vino, pinchando alfileres en muñequitos umbandas
para que llegue pronto

viernes 21 de agosto de 2009
Instantes de pasaje
número 9
dulce equis negra



Podría establecerse un juego de similitudes y diferencias entre el rostro de la madre y el rostro del niño. Son indudablemente el uno para el otro. Uno: unidad indivisible que, sin embargo, se abre en dos para dejar pasar la vida a través suyo. El otro: ser amado, anhelado, incubado con ansia. Y también desconocido, extraño, temido. El hijo es lo mismo y lo otro. Tan igual a ella. Y tan otra cosa. Tan parte de ella, adherido todavía a su cuerpo, acurrucado sobre su vientre. Y tan solo. La cámara de Valeria registra ese momento de pasaje. El instante en el que el lenguaje se introduce como una cuña que los separa. Ya no son, no serán, el uno para el otro. El hijo pequeño está recostado sobre los peldaños de la escalera, a medio subir. La madre lo mira, a la distancia. Hay un camino a recorrer.
Valeria pone el cuerpo para la foto. Detrás y delante de la cámara. Un cuerpo que, como una prenda mojada que se seca al sol, recupera la forma, se ciñe sobre sí mismo, se reacomoda. En estas fotos hay algo que se deja ir y algo que se aferra. Hay zonas oscuras que se distinguen, únicamente, por la presencia de la luz. De ahí, que inquieten. De ahí, la melancolía y la fuerza que rezuman.
dulce equis negra



Podría establecerse un juego de similitudes y diferencias entre el rostro de la madre y el rostro del niño. Son indudablemente el uno para el otro. Uno: unidad indivisible que, sin embargo, se abre en dos para dejar pasar la vida a través suyo. El otro: ser amado, anhelado, incubado con ansia. Y también desconocido, extraño, temido. El hijo es lo mismo y lo otro. Tan igual a ella. Y tan otra cosa. Tan parte de ella, adherido todavía a su cuerpo, acurrucado sobre su vientre. Y tan solo. La cámara de Valeria registra ese momento de pasaje. El instante en el que el lenguaje se introduce como una cuña que los separa. Ya no son, no serán, el uno para el otro. El hijo pequeño está recostado sobre los peldaños de la escalera, a medio subir. La madre lo mira, a la distancia. Hay un camino a recorrer.
Valeria pone el cuerpo para la foto. Detrás y delante de la cámara. Un cuerpo que, como una prenda mojada que se seca al sol, recupera la forma, se ciñe sobre sí mismo, se reacomoda. En estas fotos hay algo que se deja ir y algo que se aferra. Hay zonas oscuras que se distinguen, únicamente, por la presencia de la luz. De ahí, que inquieten. De ahí, la melancolía y la fuerza que rezuman.
Fotos: Valeria Bellusci
Texto:Virginia Cosin
martes 21 de abril de 2009
Babel (por partida doble)
Ella les teme a los que desafían la ley. A su padre, por ejemplo. A los animales salvajes. A los bebés. A los locos. A los que desconocen las reglas de la gramática.
Tiene algo de mujer biónica. Tiene el oído entrenado. Detecta, con visión de rayos x, el origen del trauma. Ve a contraluz. Lee signos. Interpreta las sombras que se proyectan sobre la superficie de la caverna. Sabe que hay terceras dimensiones. Pero la lengua no le alcanza. La suya es una lengua con síndrome de dawn. No se entiende.
La torre de palabras es un tótem a punto de desmoronarse. Como un juego de palitos chinos. No las sostiene nada, salvo el azar. Se dispersan, caen horizontales, paralelas, una al lado de la otra, sin tocarse. La divinidad a la que rendían culto yace pulverizada en cada fragmento desperdigado.
Ella ama a los que hablan su mismo idioma. Pero una mano poderosa, como la de Yahveh, se interpone. No hay modo de alcanzar el cielo.
No se vuelve al origen sino recorriendo un camino distinto, un camino otro, dando un rodeo, esquivando. Cuando se llega, el lugar, uno, está cambiado.
A veces hay que taparse los ojos con las manos para poder escuchar. A veces hay que repetir, repetir, repetir, repetir, para oír la diferencia.
El oído tiene sus vueltas.
Tiene algo de mujer biónica. Tiene el oído entrenado. Detecta, con visión de rayos x, el origen del trauma. Ve a contraluz. Lee signos. Interpreta las sombras que se proyectan sobre la superficie de la caverna. Sabe que hay terceras dimensiones. Pero la lengua no le alcanza. La suya es una lengua con síndrome de dawn. No se entiende.
La torre de palabras es un tótem a punto de desmoronarse. Como un juego de palitos chinos. No las sostiene nada, salvo el azar. Se dispersan, caen horizontales, paralelas, una al lado de la otra, sin tocarse. La divinidad a la que rendían culto yace pulverizada en cada fragmento desperdigado.
Ella ama a los que hablan su mismo idioma. Pero una mano poderosa, como la de Yahveh, se interpone. No hay modo de alcanzar el cielo.
No se vuelve al origen sino recorriendo un camino distinto, un camino otro, dando un rodeo, esquivando. Cuando se llega, el lugar, uno, está cambiado.
A veces hay que taparse los ojos con las manos para poder escuchar. A veces hay que repetir, repetir, repetir, repetir, para oír la diferencia.
El oído tiene sus vueltas.
lunes 13 de abril de 2009
Abasto (o cuento de navidad)
Sólo a mi. A mi puede ocurrírseme ingresar al Abasto (chópin) en vísperas de navidad. Caminar como un zombi bajo un techo encapotado por guirnaldas y lucecitas verdes y rojas y esquivar nieve de cartón, muñecos de Papá Noel y personas con racimos de bolsas que no paran de ramificarse. Y a medida que avanzo entre la gente sentirme más y más extraña. Un poco insecto flotando en el agua, agitando las alas, las patas, luchando. Con algo como un zumbido permanente u otra cosa que no sé bien qué es pero se parece a no saber nada de una. Los hilos cortados. Las raíces arrancadas. Y esta sensación de tener que hundir las manos en la tierra para buscar, no sé, algo. Entonces, flotar. Llegar hasta el mostrador detrás del cual una chica de sonrisa impostada te vende una entrada de cine y te pregunta si querés agregar, por tres pesos, un paquete de confites de chocolate y, aunque le decís que no, te agradece la visita y te desea, de todo corazón, que disfrutes la película. La sala oscura y prácticamente vacía, iluminada sólo por la luz centelleante que se proyecta sobre la pantalla. Dejarme comer. Ser tragada. Desaparecer. Un rato. Después, y a pesar de que la película no me pareció gran cosa, durante los últimos cinco minutos, soltar desde vaya a saber qué recóndito lugar, un sollozo incontenible. Seguramente relacionado con ese final en el que se escuchan las risas en off de dos niños a los que primero no se ve y luego entran a cuadro relativamente fuera de foco. Dos niños que vienen a representar la sanación. O algo con respecto a la soledad y al tiempo y el dolor. Salir, impregnada de ese estado particularmente narcótico que caracteriza a los primeros segundos fuera de la sala de cine y notar que el estómago reclama porque me olvidé de almorzar. Entrar a Yenny y convertirme en una más, por qué no, por qué no yo, y elegir un libro de Isol para llevarle de regalo a Frany cuando vaya a buscarla a la playa. Hacer la cola y todo eso. Ahora yo también tengo mi bolsita. Salgo a la calle y empiezo a caminar por corrientes, a pleno sol, disfrutando al principio del calor que se deposita en la piel y desentumece los músculos ateridos por el aire acondicionado del shóping. Voy en busca del negocio que vende lonas. Extraña fascinación la que me produce ese negocio. Las veces que, volviendo de la escuelita, me paré a mirar esa vidriera –Lonas, estamos hablando de lonas y de toldos- como si fuera una vidriera del Soho. Me doy el gusto, pues, de entrar. Y de comprar tres metros de tela acrílica y resistente, con el firme propósito de reparar por fin las reposeritas un tanto curtidas por el sol y la lluvia que habitan arrumbadas en la terraza. El hombre que me atiende tiene serios problemas motrices. Serios en serio. Un hilo de baba se le escapa por la comisura de la boca y camina arrastrando los pies y moviendo las manos sin control. Sin embargo, mide eficientemente los metros de tela, corta y cobra. Cuando saco la billetera de la cartera se le pierde la mirada hacia la vereda. Yo extiendo los billetes frente a él, pero no lo nota. Cuando por fin repara en mi, me pide perdón y me explica que vio un grupo de hombres sospechosos –el en realidad no duda en llamarlos “chorros”- y que en unos meses la cantidad de robos en el barrio fue alarmante. Que ahí ya entraron a robar cuatro veces y, acto seguido, pasa a relatarme con lujo de detalles el episodio ocurrido días atrás en la pinturería de al lado, en el cual parece que ataron a un tipo y lo torturaron –por puro placer, dice- además de robarle todo lo que tenía en la caja. Creo que me pongo pálida y miro hacia la vereda yo también. Me dice que no me preocupe, que ya se fueron. Aguardo el vuelto, lo saludo, y vuelvo caminando hasta mi casa sin dejar de mirar para todos los costados y sobresaltándome ante cualquier transeúnte que pase a mi lado. Maldito espástico. Antes de llegar paso por el video club. Elijo una selección de películas para mi programa de noche buena. Wenders, Bergman y una comedia con Sarah Jessica Parker.
Mutaciones
Escucho el sonido de la lluvia clavándose sobre el techo de la casa-grieta. Mis ojos fijos en la mancha de humedad, como si cierto poder hipnótico pudiera impermeabilizar la superficie que poco a poco comienza a resquebrajarse. Una diminuta imperceptible gota cae sobre la sábana floreada, a medio centímetro de mi pierna. Afuera, una performance de microorganismos en descomposición se desarrolla en el fondo resbaladizo de la pileta. El agua encuentra un resquicio por el cual filtrarse y se forma una cascada que imprime estrías grisáceas sobre la pared blanca. La casa-herida tiembla, se desmorona.
miércoles 2 de julio de 2008
Descabellada
Escribo con la luz apagada. No veo las teclas. Un instrumento sin melodía.
El moscardón entró cuando abrí la ventana. Zumba.
Trepa imparable por la pared blanca. No lo veo, pero lo escucho.
Él si me ve. En seis dimensiones.
Ve mi pasado.
Y mi futuro.
Y mis anhelos.
Y mis fracasos.
Ahora.
Y más allá.
Las patas pegajosas y oscuras, cubiertas por filamentos invisibles, se adhereren a la piel de la casa.
Late.
Algo, en la oscuridad, late.
Yo.
O el insecto.
O la pantalla.
O la espera.
O los pasos, afuera, de alguien que está por llegar.
Viene.
Arrastra sangre.
Me sueno los dedos de las manos.
Desenredo los huesos.
Una voz.
Llama.
Se apaga, como el fuego.
La cama a mis espaldas.
La almohada.
El re vol ver.
Late.
La máquina del tiempo: tener hijos. Amar.
Me volví estéril.
Oscura y sucia como una casa del siglo XIX.
Como una boca cariada.
Como una concha.
Como un jabalí.
Prendo la luz.
El moscardón se calla.
Victoria Secret está tirada en el piso.
Un charco negro y lustroso, de seda y poliéster, cayendo sobre si.
Soy la rubia de King Kong.
Siempre hay alguien que me rescata.
El moscardón entró cuando abrí la ventana. Zumba.
Trepa imparable por la pared blanca. No lo veo, pero lo escucho.
Él si me ve. En seis dimensiones.
Ve mi pasado.
Y mi futuro.
Y mis anhelos.
Y mis fracasos.
Ahora.
Y más allá.
Las patas pegajosas y oscuras, cubiertas por filamentos invisibles, se adhereren a la piel de la casa.
Late.
Algo, en la oscuridad, late.
Yo.
O el insecto.
O la pantalla.
O la espera.
O los pasos, afuera, de alguien que está por llegar.
Viene.
Arrastra sangre.
Me sueno los dedos de las manos.
Desenredo los huesos.
Una voz.
Llama.
Se apaga, como el fuego.
La cama a mis espaldas.
La almohada.
El re vol ver.
Late.
La máquina del tiempo: tener hijos. Amar.
Me volví estéril.
Oscura y sucia como una casa del siglo XIX.
Como una boca cariada.
Como una concha.
Como un jabalí.
Prendo la luz.
El moscardón se calla.
Victoria Secret está tirada en el piso.
Un charco negro y lustroso, de seda y poliéster, cayendo sobre si.
Soy la rubia de King Kong.
Siempre hay alguien que me rescata.
jueves 5 de junio de 2008
lunes 12 de mayo de 2008
Especulaciones
Ella se desnuda. Sobre el cuerpo tibio y flojo, un sobretodo verde. Se pinta los labios de fucsia. Sale. Camina por el cordón de la vereda, bordeando la velocidad rasante de los autos, descalza. Un bar, mesitas en la vereda, platos sucios. Recoge una pata de pollo con algunos restos de carne blanca adherida al hueso y se lo guarda en el bolsillo. Se chupa la grasa de los dedos. Ahí va la loca, piensa. ¿Piensan los locos? ¿Y los animales? ¿Calculan?
Nadie puede mirarse a si mismo a la cara. Veamos: frente al espejo se posa. Se es otro. Otra persona. Otra mentira. Las fotos, incluso aquellas que lo sorprenden a uno, reproducen un instante, apresan apenas un gesto fugaz. Nada definitivo. ¿Y qué hay de la imagen en movimiento? Disecciono la imagen que se reproduce en la pantalla: la que sostiene a su hija en brazos y la ayuda a soplar las velitas y reparte porciones de torta en servilletas pegoteadas no soy yo. Ese no es mi cuello. Ese no es mi pelo. Esas bolsas negras debajo de los ojos, no. No son mías. Imposible ver el conjunto. Cómo saber cómo es una. Cómo saber qué ven los otros de mi. Mi mirada se detiene en zonas que para el resto no tienen importancia. No me conozco. Puedo ser ella. U otra.
Sé de una mujer que una mañana se levantó y entró al cuarto de su hija de dieciocho meses. Dormía. La sacó de la cuna y fue hasta la ventana. Salió al balcón y la tiró. Las ramas del árbol que estaba justo debajo amortiguaron la caída y la beba llegó al piso sin romperse del todo. Ahora tiene seis años. Y su madre viaja en subte.
La locura es una piedra en medio de una mata de pasto. Cualquiera puede tropezar y desnucarse.
Ella toma el tren. Se acomoda en un asiento de cuero, roto, que supura vellón por los costados. Cuando el guarda le pide el boleto, saca la lengua y se abre de piernas. Entre varios la toman de los dos brazos y las dos piernas y, frente a la compuerta, la hamacan hacia delante y hacia atrás. Cae y rueda sobre una loma de tierra. Como un animal se lame las heridas y después, el sexo. Ya es de noche. Vuelve sobre sus pasos, enrollando su vergüenza como una alfombra. Debajo del abrigo, desnuda. Enterrado en el bolsillo, un hueso.
Nadie puede mirarse a si mismo a la cara. Veamos: frente al espejo se posa. Se es otro. Otra persona. Otra mentira. Las fotos, incluso aquellas que lo sorprenden a uno, reproducen un instante, apresan apenas un gesto fugaz. Nada definitivo. ¿Y qué hay de la imagen en movimiento? Disecciono la imagen que se reproduce en la pantalla: la que sostiene a su hija en brazos y la ayuda a soplar las velitas y reparte porciones de torta en servilletas pegoteadas no soy yo. Ese no es mi cuello. Ese no es mi pelo. Esas bolsas negras debajo de los ojos, no. No son mías. Imposible ver el conjunto. Cómo saber cómo es una. Cómo saber qué ven los otros de mi. Mi mirada se detiene en zonas que para el resto no tienen importancia. No me conozco. Puedo ser ella. U otra.
Sé de una mujer que una mañana se levantó y entró al cuarto de su hija de dieciocho meses. Dormía. La sacó de la cuna y fue hasta la ventana. Salió al balcón y la tiró. Las ramas del árbol que estaba justo debajo amortiguaron la caída y la beba llegó al piso sin romperse del todo. Ahora tiene seis años. Y su madre viaja en subte.
La locura es una piedra en medio de una mata de pasto. Cualquiera puede tropezar y desnucarse.
Ella toma el tren. Se acomoda en un asiento de cuero, roto, que supura vellón por los costados. Cuando el guarda le pide el boleto, saca la lengua y se abre de piernas. Entre varios la toman de los dos brazos y las dos piernas y, frente a la compuerta, la hamacan hacia delante y hacia atrás. Cae y rueda sobre una loma de tierra. Como un animal se lame las heridas y después, el sexo. Ya es de noche. Vuelve sobre sus pasos, enrollando su vergüenza como una alfombra. Debajo del abrigo, desnuda. Enterrado en el bolsillo, un hueso.
miércoles 7 de mayo de 2008
Payana
Barro con la palma de la mano cinco pesadillas consecutivas. Las aprieto en mi puño, pero una se desliza y cae. Choca contra el piso y rebota un par de veces produciendo un leve chasquido. Cortina de humo. Ahora no puedo hacer otra cosa más que dormir. Sumerjo la cabeza en un sueño denso, sin imágenes, opaco.
Duermo.
Duermo.
Duermo.
Muerdo.
Me despierto entumecida, como si acabara de serruchar una crisálida con los huesos de mi columna.
Me queda un solo día.
Tengo alas de celofán y dientes chiquitos y afilados.
Duermo.
Duermo.
Duermo.
Muerdo.
Me despierto entumecida, como si acabara de serruchar una crisálida con los huesos de mi columna.
Me queda un solo día.
Tengo alas de celofán y dientes chiquitos y afilados.
lunes 28 de abril de 2008
Gato de metal
Un encuentro planeado como casual. Algo así como dejarse ganar en una pulseada china. Cuando lo conociste, pensaste que era una de las personas más geniales del mundo. Te cayó bien de inmediato. Tanto que ese verano, ese que permanecerá en tu recuerdo como el mito iniciático de La Relación, que vendría a prefigurar un futuro (más adelante, tras una lluvia tóxica de años, quedaría reducido a una montaña de cenizas), hubo un momento en el que dudaste. ¿A cuál de los dos amigos querías? De igual manera, la flecha de la historia zumbó en el aire. El destino, la suerte, la diké, (vaya uno a saber) obraron. Y todo fue como fue. Ahora toman café y te dice que para el, que nunca en su vida se psicoanalizó, las conversaciones con vos siempre fueron lo más cercano a una terapia. Y recuerdan, como si recogieran un fotograma encontrado en el piso del bar y lo miraran a contraluz, una noche en la que vos cocinabas (cous coous especiado, pollo, humus) y el, del otro lado del pasador, tomaba vino mientras charlaban. No creen que puedan ser amigos. Las circunstancias, etcétera. Pero hoy, por lo pronto, le contás un secreto. Algo que no puede contarle a nadie. Y después de hablar de la naturaleza perecedera de las relaciones, coinciden: somos gatos. (Aunque a vos siempre te gustaron más los perros).
martes 15 de abril de 2008
Leer
LARVA
de Ted Hughes. En: Poemas de animales.
Bestia de carga, con ideas de cocodrilo
y cuerpo de feto
Rastrero absurdo, vives en una barraca,
eres tu peor enemigo.
Tu paranoia es arrastrar un castillo
por ese paisaje lunar, como un tren descarrilado
bajo la tromba del río.
Deberías haber sido cangrejo. No vale la pena.
En marzo las truchas se atiborran
con los despojos de tus dudas y esperanzas.
Cara de avispa, huérfano y abandonado
prematuramente.
Das gritos de guerra inaudibles e improvisas
ese apaño hercúleo que es llevar a cuestas tu casa;
puedes pellizcarme el dedo pero
todavía eres un bebé.
Tus ropas campestres de paja estilo samurai,
tu malla nibelunga de ágatas, solo
afirman fantasías de miedo y hambre
Date prisa. Súmate a la orgía
aquí entre las hojas, bajo la llovizna,
bajo una capa endeble de alas oscuras.
de Ted Hughes. En: Poemas de animales.
Bestia de carga, con ideas de cocodrilo
y cuerpo de feto
Rastrero absurdo, vives en una barraca,
eres tu peor enemigo.
Tu paranoia es arrastrar un castillo
por ese paisaje lunar, como un tren descarrilado
bajo la tromba del río.
Deberías haber sido cangrejo. No vale la pena.
En marzo las truchas se atiborran
con los despojos de tus dudas y esperanzas.
Cara de avispa, huérfano y abandonado
prematuramente.
Das gritos de guerra inaudibles e improvisas
ese apaño hercúleo que es llevar a cuestas tu casa;
puedes pellizcarme el dedo pero
todavía eres un bebé.
Tus ropas campestres de paja estilo samurai,
tu malla nibelunga de ágatas, solo
afirman fantasías de miedo y hambre
Date prisa. Súmate a la orgía
aquí entre las hojas, bajo la llovizna,
bajo una capa endeble de alas oscuras.
miércoles 19 de marzo de 2008
Algo así
Puede parecer que construyo un dique para que irrigue el dolor. Pero no. Todo lo contrario. Aunque te cueste creerme, escribir es como atar un torniquete alrededor de un miembro infectado. Impedir que avance la gangrena.
Si fuera poeta, sería de la clase suicida.
Soy, en esencia, poco perseverante, cero búfalo (aunque nada me interesa menos que el horóscopo y ni hablar del chino). Cuando me dispongo a la muerte tomo pocas pastillas. No sirven para nada.
Ya que preguntás, te diría que soy bastante buena reencarnando.
Ahora, por lo pronto, me tengo fe. Hago como teshuvá conmigo. Vuelvo al origen, a la pregunta, sigo la pista deslizando las manos alrededor del cordón umbilical, atravieso el útero materno, voy más allá.
De todos modos, la autoestima me incomoda.
Es un colchón demasiado blando. Una cama de agua.
Si fuera poeta, sería de la clase suicida.
Soy, en esencia, poco perseverante, cero búfalo (aunque nada me interesa menos que el horóscopo y ni hablar del chino). Cuando me dispongo a la muerte tomo pocas pastillas. No sirven para nada.
Ya que preguntás, te diría que soy bastante buena reencarnando.
Ahora, por lo pronto, me tengo fe. Hago como teshuvá conmigo. Vuelvo al origen, a la pregunta, sigo la pista deslizando las manos alrededor del cordón umbilical, atravieso el útero materno, voy más allá.
De todos modos, la autoestima me incomoda.
Es un colchón demasiado blando. Una cama de agua.
viernes 14 de marzo de 2008
Hace diez años, W. te escribe una cartita de semi amor que comienza con un epígrafe de E. E. Cummings. Un fragmento que, a su vez, lee Michael Caine en Hanna y sus hermanas.
Hace unos meses tu ex te dice que bueno, qué se le va a hacer, la vida no es una película de Woody Allen.
Hoy, le escribís por quinta vez un mail a W. con el subject: “Considerame Spam”, insistiendo: acreditame. Hacés todo lo posible por parecer graciosa e inteligente.
Ayer, atada al cable del teléfono, susurros entre la línea infectada.
Hoy, te despertás a las seis de la mañana, preguntándote desde cuándo empezaste a dar esta imagen de sachet descartable en la góndola del supermercado. Decís: son los treinta y pico. Y ya no volvés a dormir nunca.
Ayer, hoy, a la noche, a la mañana, tendés una línea de equilibrista entre el sueño de tu hija que duerme en su habitación interrumpida por pequeñas tosecitas, y tu desvelo.
Todavía oscuro. Prendés la máquina. Trabajás.
Ahora, preparás el almuerzo. Tu hija no come porque hay basuritas en el plato.
No hay manera de convencerla de que las basuritas son las verduras hidratadas del caldo.
Cambia de tema. Dice: “El Ken es Súperman pero ya no se quedó enamorado de Luisa Lane.”
Ahora está con la bailarina del tutú rosa.
Tienen una hijita desarmable que vino en el huevito kínder.
Nadie
Ni siquiera la lluvia
Tiene manos tan pequeñas
Hace unos meses tu ex te dice que bueno, qué se le va a hacer, la vida no es una película de Woody Allen.
Hoy, le escribís por quinta vez un mail a W. con el subject: “Considerame Spam”, insistiendo: acreditame. Hacés todo lo posible por parecer graciosa e inteligente.
Ayer, atada al cable del teléfono, susurros entre la línea infectada.
Hoy, te despertás a las seis de la mañana, preguntándote desde cuándo empezaste a dar esta imagen de sachet descartable en la góndola del supermercado. Decís: son los treinta y pico. Y ya no volvés a dormir nunca.
Ayer, hoy, a la noche, a la mañana, tendés una línea de equilibrista entre el sueño de tu hija que duerme en su habitación interrumpida por pequeñas tosecitas, y tu desvelo.
Todavía oscuro. Prendés la máquina. Trabajás.
Ahora, preparás el almuerzo. Tu hija no come porque hay basuritas en el plato.
No hay manera de convencerla de que las basuritas son las verduras hidratadas del caldo.
Cambia de tema. Dice: “El Ken es Súperman pero ya no se quedó enamorado de Luisa Lane.”
Ahora está con la bailarina del tutú rosa.
Tienen una hijita desarmable que vino en el huevito kínder.
Nadie
Ni siquiera la lluvia
Tiene manos tan pequeñas
jueves 13 de marzo de 2008
Autofagia
¿Es esto un diario íntimo?
Bien.
Que sea una diario.
Que sea íntimo.
Carnicería,
Endoscopia,
Vivisección.
Voy a comerme viva.
Bien.
Que sea una diario.
Que sea íntimo.
Carnicería,
Endoscopia,
Vivisección.
Voy a comerme viva.
jueves 6 de marzo de 2008
Plegaria antes de dormir
Que la noche sea un facón
y las imágenes que despedazan las horas
como navajas, reposen.
y las imágenes que despedazan las horas
como navajas, reposen.
sábado 1 de marzo de 2008
Sábado
Ella es una pelotita del póketer buscando su agujero. Rodando, chocando contra las paredes, rebotando contra el acrílico.
Cuando se levanta de la cama se frota los puños contra los párpados para arrancarse la membrana que le recubre los ojos. La viscosidad se reproduce en la punta do los dedos, pero continúa nublándole la vista. Ahora todo lo que toca es pegajoso. La casa entera surcada por hilos de baba, la mesa cubierta por un mantel de araña.
Abre la puerta, recoge el diario, sale. La calle es un adentro de algo, de otra cosa, una cavidad húmeda.
Claustrofobia.
Camina unas cuantas cuadras, a punto de resbalar y caer desde una altura imposible. Como en sueños, sobre un par de zancos. Motor de colectivos y autos, caños de escape, veredas rotas, una plaza sin juegos, negocios que ofrecen chucherías, florerías exhibiendo ramos mustios; moribundos.
Se detiene en la puerta de un café antiguo, entra, un bandoneonista arruga el fuelle de su instrumento con pasión dudosa. Un hojaldre de diarios y revistas en la mesa. Ella posa su mirada sobre las páginas como un mosquito indeciso, sobrevolando una capa de piel demasiado arrugada y seca. Apila una torre de preguntas en su mente.
Las horas se pliegan como un papel finito, el tiempo es un abanico. El día y ella parecen tramitar el mismo estado de dispersión: llueve, sale el sol, llueve.
Confecciona una lista de tareas posibles: lavar la ropa, escribir, trabajar, leer, ir al cine, dormir. Fichas en un tablero de go, arrinconadas contra una esquina.
Ella nunca se decide. Reza una plegaria en zigzag. Que se termine. Que pronto, algo, se termine.
Cuando se levanta de la cama se frota los puños contra los párpados para arrancarse la membrana que le recubre los ojos. La viscosidad se reproduce en la punta do los dedos, pero continúa nublándole la vista. Ahora todo lo que toca es pegajoso. La casa entera surcada por hilos de baba, la mesa cubierta por un mantel de araña.
Abre la puerta, recoge el diario, sale. La calle es un adentro de algo, de otra cosa, una cavidad húmeda.
Claustrofobia.
Camina unas cuantas cuadras, a punto de resbalar y caer desde una altura imposible. Como en sueños, sobre un par de zancos. Motor de colectivos y autos, caños de escape, veredas rotas, una plaza sin juegos, negocios que ofrecen chucherías, florerías exhibiendo ramos mustios; moribundos.
Se detiene en la puerta de un café antiguo, entra, un bandoneonista arruga el fuelle de su instrumento con pasión dudosa. Un hojaldre de diarios y revistas en la mesa. Ella posa su mirada sobre las páginas como un mosquito indeciso, sobrevolando una capa de piel demasiado arrugada y seca. Apila una torre de preguntas en su mente.
Las horas se pliegan como un papel finito, el tiempo es un abanico. El día y ella parecen tramitar el mismo estado de dispersión: llueve, sale el sol, llueve.
Confecciona una lista de tareas posibles: lavar la ropa, escribir, trabajar, leer, ir al cine, dormir. Fichas en un tablero de go, arrinconadas contra una esquina.
Ella nunca se decide. Reza una plegaria en zigzag. Que se termine. Que pronto, algo, se termine.
miércoles 20 de febrero de 2008
No te entiendo.
No sé cómo rellenarte.
Sos un agujero revocado de piel.
Una carpa vacía sostenida por parantes calcáreos.
Sos hueca. Cráneo. Calavera.
Una llama débil encendida a plena luz del día, colgando de la mecha de una vela, a punto de caerse, como una gota.
Sin embargo
Yo no puedo romperte
Asirte
Olvidarte.
Ondeás en mis sueños
Sos un punto corrido en mis medias de seda
Un boceto
A mano alzada
Indescifrable.
Ausente.
Diminuta.
Deliciosa.
Imposible.
Resbaladiza.
Atonal.
Esquiva.
Y yo
Que con tanta facilidad pierdo la compostura
Y soy tan dada al ridículo
Y me dejo humillar
Porque soy tonta
O masoquista
Te lustro los borcegos
Esos
Que ya sabemos.
Pero no,
Porque soy una dama.
Una madre.
Como bien sabés que suelo decir
En ciertas situaciones
Poco apropiadas
No sé cómo rellenarte.
Sos un agujero revocado de piel.
Una carpa vacía sostenida por parantes calcáreos.
Sos hueca. Cráneo. Calavera.
Una llama débil encendida a plena luz del día, colgando de la mecha de una vela, a punto de caerse, como una gota.
Sin embargo
Yo no puedo romperte
Asirte
Olvidarte.
Ondeás en mis sueños
Sos un punto corrido en mis medias de seda
Un boceto
A mano alzada
Indescifrable.
Ausente.
Diminuta.
Deliciosa.
Imposible.
Resbaladiza.
Atonal.
Esquiva.
Y yo
Que con tanta facilidad pierdo la compostura
Y soy tan dada al ridículo
Y me dejo humillar
Porque soy tonta
O masoquista
Te lustro los borcegos
Esos
Que ya sabemos.
Pero no,
Porque soy una dama.
Una madre.
Como bien sabés que suelo decir
En ciertas situaciones
Poco apropiadas
miércoles 13 de febrero de 2008

Entramos. Olor a encierro. Humedad. Penumbra. Palpamos la casa, como ciegas posando nuestras manos frías sobre la cara de un extraño, adivinando con la piel de las palmas el contorno de los ojos, los bordes huesudos de las cuencas en donde se alojan las órbitas, el tabique de la nariz, los orificios, la superficie carnosa de los labios, las mandíbulas.
Volvemos a medir las distancias. No nos habituamos todavía a la estrechez de los ambientes, a la proximidad de los techos, las paredes.
Mínimo. Todo.
El equipaje intacto.
Pasan los días. La distorsión del espacio sede con el tiempo. Nos acostumbramos. Los iris abriéndose, para absorber algo más de luz en su agujero. El cuerpo puede lo que nosotras no. La ecuación del tiempo y la distancia, la velocidad de la luz, su incidencia, el ángulo, hace maravillas.
Ella se dejó enterrada en la arena. Ahora es una silueta granulada que se eleva sobre la orilla, dejándose lamer por el mar. Y disolviéndose.
Volvemos a medir las distancias. No nos habituamos todavía a la estrechez de los ambientes, a la proximidad de los techos, las paredes.
Mínimo. Todo.
El equipaje intacto.
Pasan los días. La distorsión del espacio sede con el tiempo. Nos acostumbramos. Los iris abriéndose, para absorber algo más de luz en su agujero. El cuerpo puede lo que nosotras no. La ecuación del tiempo y la distancia, la velocidad de la luz, su incidencia, el ángulo, hace maravillas.
Ella se dejó enterrada en la arena. Ahora es una silueta granulada que se eleva sobre la orilla, dejándose lamer por el mar. Y disolviéndose.
domingo 20 de enero de 2008
Temor y temblor
Si me preguntaras cómo estamos te diría que no muy bien. Ella, con razón, reclama. Yo apenas puedo con mi alma. Poca paciencia Pero sostengo. (La espalda arqueada de sostener como Atlas el peso del mundo). Es fácil adorarla cuando se comporta como una criatura adorable. Una obviedad. Es muy simple ser la-madre-perfecta. Solo de vez en cuando se da el lujo de ponerse caprichosa, patalear, empacarse, llorar. Yo, mi cansancio, el temblor, preanuncios de un terremoto inminente. Madre tiene que trabajar, la enchufa a la tele, programa salidas con amigos, abuelos, tíos. Que la lleven de excursión . Madre permanece frente a la pantalla luminosa horas y horas, las persianas cerradas, en silencio hasta que le duelen las pupilas. Culpa, impotencia, angustia, ¿Podré? Lo dudo. Hija es objeto de alabanza: nunca vi una criatura que se porte tan bien, dicen. Y no mienten. Hija es un dechado de dulzura. Hija es una niña muy pequeña. Hija debe –es menester que lo haga- desquitar su cuota de bronca, insatisfacción, pena. De modo que amenaza, cuando regresa de sendos paseos- con patear a madre. Con pegarle. Grita. Desobedece. Revolea juguetes por el aire. Provoca tsunamis en la bañadera de manera que el agua desborde y se inunde por completo el piso del baño. Madre respira hondo y expira arrastrando hacia afuera un cúmulo de negra amargura que ha ido depositándose lentamente en el fondo de todo. Los ojitos de la nena, azules, medio grises, la expresión más cabal de la belleza, destilan odio. Linda Blair en plena posesión del diablo, un poroto. Ruge –es un león, dice- y arroja un objeto directo a la cabeza de madre. Duele. Madre puede sentir cómo el cerebro imparte una orden a su mano derecha que toma impulso para elevarse en el aire. Pero, antes de descargar todo el peso de su ira sobre el cuerpito , un ángel invisible, el mismo, quizás, que sostuvo la mano de Abraham e impidió que sacrificase a su único y adorado progenitor, grita: detente. Qué habrá pensado el viejo, en ese instante. Cómo fue capaz de obedecer aquel mandato funesto. Si quiesieras saber, te diría deconozco la respuesta. Del mismo modo que no entiendo cómo soy capaz de sentir –aunque más no sea por unos segundos- tanto odio hacia la única persona en el mundo por la cual me dejaría despellejar viva si hiciera falta.
lunes 7 de enero de 2008
Apuntes. Fuego.
El tuvo que volver a enamorarse con la rapidez de un haz de luz viajando por las partículas del aire.
Ella lo intentó, también. Lo sigue intentando.
Pero cada vez que el amor se asoma (igual que en el bolero) como la aleta de un tiburón serruchando el mar, vuelve a sumergirse.
Lo peor, lo peor de todo, es que vive en una montaña rusa (quirúrgica).
Se sienta en el banquito de la cocina, se sirve una copa de vino o una cerveza, fuma un cigarrillo y piensa: si, esto. La herida cicatrizó.
Habla sola. Enumera uno por uno todos los motivos para ser feliz. Y los hay.
No es que, después de todo, no vaya a lograrlo.
Bien, se dice. Y se felicita. Qué bien.
Así él se case y tenga hijitos ella va a lograrlo. Y hasta, quizás, con suerte, también tarde o temprano se enamore y etcétera.
El pequeño problema es que ahora, de pronto, todos esos motivos flotan en la superficie de un caldo aguachento como cascaritas, después de haberse hundido y, en apariencia, condimentado con aromas frescos y exquisitos el potaje.
Un bleuf.
Ella no duerme a la noche, porque tiene miedo de lo que pueda soñar.
A veces, tiene pesadillas. Pero no es tan grave. Lo peor es cuando sueña con besos y abrazos y una reconciliación.
La sensación al despertar, antes incluso de abrir los ojos, es de un desamparo tan hondo que pareciera que el techo se le cayó arriba de la cabeza y tiene que levantarse entre escombros, a la intemperie, debajo de un cielo encapotado de nubes negras.
Todo le pesa. En especial esa sensación de que la piel que con tanto esmero se va regenerando sobre la herida es fina y débil como una mentira improvisada. Una tela barata que se rasga así, de nada.
Y hay que volver a empezar de cero.
Sobre todo cuando se le da por escribirle. O llamarlo llorando. Que es lo mismo que entregarle una escopeta , pararse de espaldas al paredón de fusilamiento y dar, ella sola, la orden: apunten, fuego.
Ella lo intentó, también. Lo sigue intentando.
Pero cada vez que el amor se asoma (igual que en el bolero) como la aleta de un tiburón serruchando el mar, vuelve a sumergirse.
Lo peor, lo peor de todo, es que vive en una montaña rusa (quirúrgica).
Se sienta en el banquito de la cocina, se sirve una copa de vino o una cerveza, fuma un cigarrillo y piensa: si, esto. La herida cicatrizó.
Habla sola. Enumera uno por uno todos los motivos para ser feliz. Y los hay.
No es que, después de todo, no vaya a lograrlo.
Bien, se dice. Y se felicita. Qué bien.
Así él se case y tenga hijitos ella va a lograrlo. Y hasta, quizás, con suerte, también tarde o temprano se enamore y etcétera.
El pequeño problema es que ahora, de pronto, todos esos motivos flotan en la superficie de un caldo aguachento como cascaritas, después de haberse hundido y, en apariencia, condimentado con aromas frescos y exquisitos el potaje.
Un bleuf.
Ella no duerme a la noche, porque tiene miedo de lo que pueda soñar.
A veces, tiene pesadillas. Pero no es tan grave. Lo peor es cuando sueña con besos y abrazos y una reconciliación.
La sensación al despertar, antes incluso de abrir los ojos, es de un desamparo tan hondo que pareciera que el techo se le cayó arriba de la cabeza y tiene que levantarse entre escombros, a la intemperie, debajo de un cielo encapotado de nubes negras.
Todo le pesa. En especial esa sensación de que la piel que con tanto esmero se va regenerando sobre la herida es fina y débil como una mentira improvisada. Una tela barata que se rasga así, de nada.
Y hay que volver a empezar de cero.
Sobre todo cuando se le da por escribirle. O llamarlo llorando. Que es lo mismo que entregarle una escopeta , pararse de espaldas al paredón de fusilamiento y dar, ella sola, la orden: apunten, fuego.
miércoles 2 de enero de 2008
Partida
Abre una botella de vino blanco. Sirve una copa. Toma media. El resto se la echa al arroz que se dora junto con una zanahoria en trocitos y una cebollita picada. Se marea (¿media-copa-de-vino?). Todo da vueltas. Todo se vuelca. Resolución para este año: que haga clic. Magiclic. Pronto descubre que no es el efecto del alcohol lo que la desequilibra. Hace varios segundos que se olvidó de respirar. La llama de la hornalla hace tamborilear sus dedos de fuego azul sobre la base de la olla y propaga calor –más y más calor- por todo el ambiente. Aspira con fuerza, dilatando las aletas de la nariz, intentando llenar de aire el diafragma. Pero a la altura del pecho, algo así como un ladrillo de telgopor impide el paso de un caudal importante de aire. Tiene que soltar la cuchara de madera y sostenerse, con una mano, de la mesada de mármol para no caerse. Un nuevo intento, y esta vez las aletas se adhieren al cartílago de la nariz. El aire atraviesa con fuerza el tabique y se eleva directo hasta la sien. El corazón bombea sangre con violencia. Los ojos le duelen. Siente el peso del agua acumulándose en los lagrimales. Va a llorar.
sábado 29 de diciembre de 2007
FOTO
Franny y yo, en un banco de la plaza, a la sombra. Verde. Ella, de pollerita roja a lunares blancos. Remera roja. Sandalias blancas. El pelo rubio, suelto. Yo, pantalones anchos, celestes, musculosa lila. Ella sube encima mío, recoge las rodillas , las pega al torso, se acurruca, se repliega sobre mis piernas. Me abraza. Apoya su cabeza sobre mi pecho. Yo la abrazo. La aprieto contra mi. Parecemos uno de esos juegos artesanales de madera, compuestos por dos piezas cuyos contornos ensamblan a la perfección y forman juntas una sola figura. Permanecemos así, enroscadas la una a la otra, durante mucho, mucho tiempo. A nuestro lado, un hombre. Es extremadamente flaco. De unos cincuenta años. Rubio. Usa una camisa de mangas cortas verde y un pantalón de vestir gris. No deja nunca de mirar hacia delante. Aunque es imposible determinar a qué. ¿ Los chicos jugando? ¿La calle de enfrente? ¿La nada misma? Pareciera que está ahí sentado desde tiempos inmemoriales. Y que es la persona más sola del universo. Bajo nuestros pies, una marea de palomas negras y patas rojas que no parecen amedrentarse en absoluto por mis amenazantes patadas, se agita. Unos bancos más allá, una anciana vende tubitos de maíz para que los niños colaboren con la expansión de esa plaga inmunda. Una señora se acerca y le compra uno a cada una de sus hijas, que ahí mismo abren los paquetes y empiezan a desparramar los granitos amarillos por todos lados. Ahora las aves forman grumos en el piso. Montañas de plumas y picos desesperadas. Se suben a las cabezas de las niñas, comen de sus manos, baten alas. La imagen es tan aterradora y asquerosa como la peor de las pesadillas hitchcokeanas. MI hija y yo nos desenlazamos recién cuando las piernas empiezan a hormiguearme.
miércoles 26 de diciembre de 2007
Interior/ Habitación / Cama / Noche
Una manta de vapor cálido me envuelve.
Soy un guijarro en la orilla del sueño, rodando en línea recta, empujado por el reflujo de un oleaje débil.
Voy y vengo sobre arena.
Encallo.
El chingui chingui de los vecinos de enfrente paró hace un instante.
Pero su eco rebota, todavía, contra las paredes circulares de mi oído.
La humedad dibuja sobre las sábanas un contorno alrededor de mi cuerpo. Cuando me levanto para buscar una botella agua fría, soy un fantasma observando a un centímetro de distancia, su propia silueta forense.
Trago, en la oscuridad, medio litro de agua helada, reclinada sobre un almohadón.
Pegada al colchón estiro las piernas, los brazos y los separo del torso. Un monigote, una cruz. O una tachadura.
El zumbido de un insecto rasga el aire. Arruga el silencio. Forma remolinos.
Prendo la luz.
No lo veo, pero empiezo a perseguirlo por toda la habitación. Recorro descalza la casa, enciendo luces, las apago, lanzo manotazos infructuosos en el aire, cierro mi puño sobre si mismo.
El insecto no aparece. Ni vivo, ni muerto. Asumo la derrota. Vuelvo a la cama.
A punto de apagar el velador lo veo. Un origami perfecto de filamentos y alas, inmóvil sobre la pared blanca. Acerco la palma de la mano con la lentitud imperceptible de un experto en el arte milenario del tai - chi.
El diminuto engranaje extractor de sangre es ahora un emplaste marrón en la cabecera de la cama.
Por fin apago la luz. Pero continúo saltando la rayuela del insomnio.
Soy un guijarro en la orilla del sueño, rodando en línea recta, empujado por el reflujo de un oleaje débil.
Voy y vengo sobre arena.
Encallo.
El chingui chingui de los vecinos de enfrente paró hace un instante.
Pero su eco rebota, todavía, contra las paredes circulares de mi oído.
La humedad dibuja sobre las sábanas un contorno alrededor de mi cuerpo. Cuando me levanto para buscar una botella agua fría, soy un fantasma observando a un centímetro de distancia, su propia silueta forense.
Trago, en la oscuridad, medio litro de agua helada, reclinada sobre un almohadón.
Pegada al colchón estiro las piernas, los brazos y los separo del torso. Un monigote, una cruz. O una tachadura.
El zumbido de un insecto rasga el aire. Arruga el silencio. Forma remolinos.
Prendo la luz.
No lo veo, pero empiezo a perseguirlo por toda la habitación. Recorro descalza la casa, enciendo luces, las apago, lanzo manotazos infructuosos en el aire, cierro mi puño sobre si mismo.
El insecto no aparece. Ni vivo, ni muerto. Asumo la derrota. Vuelvo a la cama.
A punto de apagar el velador lo veo. Un origami perfecto de filamentos y alas, inmóvil sobre la pared blanca. Acerco la palma de la mano con la lentitud imperceptible de un experto en el arte milenario del tai - chi.
El diminuto engranaje extractor de sangre es ahora un emplaste marrón en la cabecera de la cama.
Por fin apago la luz. Pero continúo saltando la rayuela del insomnio.
miércoles 19 de diciembre de 2007
Lo crudo y lo cocido (y esta entrada muta, como el color y la consistencia de la carne al fuego)
De pié
en la cocina
frente a la plancha de acero.
Unos pedacitos de carne
se arrebatan.
Tomo cerveza.
Miro
cómo las burbujitas se elevan
y no revientan
ni desaparecen.
La luz
del tubo fluorescente
titila.
Duda.
Yo titilo,
también.
Me esfumo.
Reverbero.
Entro
y salgo
de mi.
en la cocina
frente a la plancha de acero.
Unos pedacitos de carne
se arrebatan.
Tomo cerveza.
Miro
cómo las burbujitas se elevan
y no revientan
ni desaparecen.
La luz
del tubo fluorescente
titila.
Duda.
Yo titilo,
también.
Me esfumo.
Reverbero.
Entro
y salgo
de mi.
martes 18 de diciembre de 2007
kinopravda
Salgo del teatro ubicado en pleno Abasto y me convierto en la mujer de la cámara. En máquina registradora. En un ojo cuyo soporte es un cuerpo que se mueve. Paso delante de una milonga. Me detengo a mirar por la ventana. Un rato largo. El lugar es un galpón iluminado por unos focos que irradian luz amarillenta. Paredes medio descascaradas. El piso muy limpio, de baldosas. Parejas de todas las edades. Salvo alguna excepción, nadie viste de forma tradicional. Jeans, remeras con inscripciones, polleras con arabescos de colores. Las mujeres, todas, con altísimos tacos. Firuletean al compás de la música. Se deslizan, se dejan llevar, se contonean. Armónicos. El tema termina y yo me alejo de la ventana y empiezo a caminar hacia Corrientes. A mitad de cuadra, escucho que un nuevo tango empieza a sonar y me cruzo con un policía gordo que canta sin pifiarle ni a una sola nota, la letra de la canción.
sábado 15 de diciembre de 2007
Arco-Iris
Sábado. No existe nada. Hasta que su voz abre una muesca entre la profundidad de tu sueño y el mundo. Te llama. Te nombra. Mamá. Abrís los ojos. Ella está ahí. Parada. En remerita y bombacha. Abraza a su oso. Estás, todavía, un poco mareada. Girás la mitad de tu cuerpo en dirección a la mesita de luz. Agarrás el reloj. Mirás la hora. Son las doce. Ella se recuesta en tu cama. Al lado tuyo. Se abrazan. Enlazan las cuatro piernas desnudas. Arman una tienda con las sábanas. Estiran los brazos para tensar la tela. Se hacen cosquillas. Se acarician, por turnos. Se besan las mejillas, la frente, los hombros. Se ríen. Sentís los párpados hinchados. Te palpás con la punta de los dedos. Cerrás los ojos durante unos segundos. Te mantenés a flote, sobre la superficie del sueño. Pareciera que las horas de tregua no lograron desagotar todo el cansancio acumulado. La puerta está abierta. Da al pasillo. Ahí, parada, te ves. Tenés puesta una musculosa celeste y un jean. El pelo mojado. Recién salís de ducharte. Sostenés con una mano el tubo del teléfono, apretado contra la oreja. Estás gritando. La cara roja, cruzada por estrías de llanto. El dolor te tuerce la boca. Decís: no me jodas más, no me jodas más. Una súplica, una amenaza. Es tu cuerpo. Doblado, encogido. Pero esa no es tu voz. Es la voz de otra, de otro, de algún espíritu que desde un lugar remoto y vacío, oscuro y abandonado desde hace siglos, te posee. Nace en una gruta húmeda y se eleva desde tu estómago hasta atravesar el nudo en la garganta. Querés estar en cualquier lado, menos ahí, temblando. Escuchando. Pero, milagro: ya no estás ahí. Sentís el roce suave de las sábanas de algodón verde oliva. La mirás y, una vez más, como si fuera la primera vez en la vida, te asombrás de lo hermosamente bella que es tu hija. La acariciás otra vez y le preguntás si quiere desayunar.
viernes 7 de diciembre de 2007
Leer
Entro al departamento cargada. De mi mano derecha cuelgan varias bolsas. Con la izquierda sostengo un ramito de cuatro jazmines más bien mustios que compré una cuadra antes de llegar a la puerta de mi edificio. No se por qué. Pero me siento radiante. Tal vez sea el verano, o el aroma que despiden las flores que ahora pongo en un florero con agua, o la inminencia del viajecito de fin de semana que surgió de improviso. Revuelvo el interior de las bolsas en busca de uno de los tres libros que me acabo de comprar. Debería ponerme a trabajar. En cambio, me acomodo en el sillón con el libro en la mano, abro en la página que había marcado cuando tuve que bajar del colectivo y me dispongo a retomar la lectura. Decido, en ese momento, que voy a leer hasta terminarlo. Es un libro corto. Aunque no podría especificar si se trata de una novela, una nouvelle o un cuento. Nadie podría. De todos modos, a mi me da exactamente lo mismo. Solo me levanto una vez para ir a buscar el cuarto de helado a medio tomar que tengo en el freezer hace un par de días. Chocolate y sambayón. Continúo la lectura dejando impresas algunas huellas de chocolate en los márgenes del libro. Hacia el final, y sin poder dar crédito a lo que estoy haciendo, derramo algunas lágrimas. Ahora, el libro que unas pocas horas antes se exhibía, inmaculado, en las bateas de la librería, contiene una extraña mezcla de fluidos diversos.
sábado 24 de noviembre de 2007
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