martes 21 de abril de 2009

Babel (por partida doble)

Ella teme a los que desafían la ley. A su padre, por ejemplo. A los animales salvajes. A los bebés. A los locos. A los que desconocen las reglas de la gramática.
Tiene algo de mujer biónica. Tiene el oído entrenado. Detecta, con visión de rayos x, el origen del trauma. Ve a contraluz. Lee signos. Interpreta las sombras que se proyectan sobre la superficie de la caverna. Sabe que hay terceras dimensiones. Pero la lengua no le alcanza. La suya es una lengua con síndrome de dawn. No se entiende.

La torre de palabras es un tótem a punto de desmoronarse. Como un juego de palitos chinos. No las sostiene nada, salvo el azar. Se dispersan, caen horizontales, paralelas, una al lado de la otra, sin tocarse. La divinidad a la que rendían culto yace pulverizada en cada fragmento desperdigado.

Ella ama a los que hablan su mismo idioma. Pero una mano poderosa, como la de Yahveh, se interpone. No hay modo de alcanzar el cielo.

No se vuelve al origen sino recorriendo un camino distinto, un camino otro, dando un rodeo, esquivando. Cuando se llega, el lugar, uno, está cambiado.

A veces hay que taparse los ojos con las manos para poder escuchar. A veces hay que repetir, repetir, repetir, repetir, para oír la diferencia.

El oído tiene sus vueltas.

lunes 20 de abril de 2009

Back

La nena se durmió. O está en eso. Corrí todo el día y ahora estoy quieta. La noche está quieta. Todo está quieto menos el gato de la suerte que mueve su mano de arriba abajo y emite un sonido monótono, regular. Estoy cansada y tal vez no tenga razones para sentirme algo desdichada. Me veo a mi misma como uno de esos dibujos animados a los que se le salen los ojos de la cara y le quedan colgando de dos resortes. Una vez más pienso que la vida no es para mí. Eso, o que la tristeza es un traje que cada tanto me sienta bien.

lunes 13 de abril de 2009

Mutaciones

Escucho el sonido de la lluvia clavándose sobre el techo de la casa-grieta. Mis ojos fijos en la mancha de humedad, como si cierto poder hipnótico pudiera impermeabilizar la superficie que poco a poco comienza a resquebrajarse. Una diminuta imperceptible gota cae sobre la sábana floreada, a medio centímetro de mi pierna. Afuera, una performance de microorganismos en descomposición se desarrolla en el fondo resbaladizo de la pileta. El agua encuentra un resquicio por el cual filtrarse y se forma una cascada que imprime estrías grisáceas sobre la pared blanca. La casa-herida tiembla, se desmorona.

miércoles 2 de julio de 2008

Descabellada

Escribo con la luz apagada. No veo las teclas. Un instrumento sin melodía.
El moscardón entró cuando abrí la ventana. Zumba.
Trepa imparable por la pared blanca. No lo veo, pero lo escucho.
Él si me ve. En seis dimensiones.
Ve mi pasado.
Y mi futuro.
Y mis anhelos.
Y mis fracasos.
Ahora.
Y más allá.
Las patas pegajosas y oscuras, cubiertas por filamentos invisibles, se adhereren a la piel de la casa.
Late.
Algo, en la oscuridad, late.
Yo.
O el insecto.
O la pantalla.
O la espera.
O los pasos, afuera, de alguien que está por llegar.
Viene.
Arrastra sangre.


Me sueno los dedos de las manos.
Desenredo los huesos.
Una voz.
Llama.
Se apaga, como el fuego.

La cama a mis espaldas.
La almohada.
El re vol ver.

Late.

La máquina del tiempo: tener hijos. Amar.

Me volví estéril.
Oscura y sucia como una casa del siglo XIX.
Como una boca cariada.
Como una concha.
Como un jabalí.

Prendo la luz.
El moscardón se calla.
Victoria Secret está tirada en el piso.
Un charco negro y lustroso, de seda y poliéster, cayendo sobre si.

Soy la rubia de King Kong.
Siempre hay alguien que me rescata.

lunes 12 de mayo de 2008

Especulaciones

Ella se desnuda. Sobre el cuerpo tibio y flojo, un sobretodo verde. Se pinta los labios de fucsia. Sale. Camina por el cordón de la vereda, bordeando la velocidad rasante de los autos, descalza. Un bar, mesitas en la vereda, platos sucios. Recoge una pata de pollo con algunos restos de carne blanca adherida al hueso y se lo guarda en el bolsillo. Se chupa la grasa de los dedos. Ahí va la loca, piensa. ¿Piensan los locos? ¿Y los animales? ¿Calculan?

Nadie puede mirarse a si mismo a la cara. Veamos: frente al espejo se posa. Se es otro. Otra persona. Otra mentira. Las fotos, incluso aquellas que lo sorprenden a uno, reproducen un instante, apresan apenas un gesto fugaz. Nada definitivo. ¿Y qué hay de la imagen en movimiento? Disecciono la imagen que se reproduce en la pantalla: la que sostiene a su hija en brazos y la ayuda a soplar las velitas y reparte porciones de torta en servilletas pegoteadas no soy yo. Ese no es mi cuello. Ese no es mi pelo. Esas bolsas negras debajo de los ojos, no. No son mías. Imposible ver el conjunto. Cómo saber cómo es una. Cómo saber qué ven los otros de mi. Mi mirada se detiene en zonas que para el resto no tienen importancia. No me conozco. Puedo ser ella. U otra.

Sé de una mujer que una mañana se levantó y entró al cuarto de su hija de dieciocho meses. Dormía. La sacó de la cuna y fue hasta la ventana. Salió al balcón y la tiró. Las ramas del árbol que estaba justo debajo amortiguaron la caída y la beba llegó al piso sin romperse del todo. Ahora tiene seis años. Y su madre viaja en subte.

La locura es una piedra en medio de una mata de pasto. Cualquiera puede tropezar y desnucarse.

Ella toma el tren. Se acomoda en un asiento de cuero, roto, que supura vellón por los costados. Cuando el guarda le pide el boleto, saca la lengua y se abre de piernas. Entre varios la toman de los dos brazos y las dos piernas y, frente a la compuerta, la hamacan hacia delante y hacia atrás. Cae y rueda sobre una loma de tierra. Como un animal se lame las heridas y después, el sexo. Ya es de noche. Vuelve sobre sus pasos, enrollando su vergüenza como una alfombra. Debajo del abrigo, desnuda. Enterrado en el bolsillo, un hueso.

miércoles 7 de mayo de 2008

Payana

Barro con la palma de la mano cinco pesadillas consecutivas. Las aprieto en mi puño, pero una se desliza y cae. Choca contra el piso y rebota un par de veces produciendo un leve chasquido. Cortina de humo. Ahora no puedo hacer otra cosa más que dormir. Sumerjo la cabeza en un sueño denso, sin imágenes, opaco.
Duermo.
Duermo.
Duermo.
Muerdo.
Me despierto entumecida, como si acabara de serruchar una crisálida con los huesos de mi columna.
Me queda un solo día.
Tengo alas de celofán y dientes chiquitos y afilados.

lunes 28 de abril de 2008

Gato de metal

Un encuentro planeado como casual. Algo así como dejarse ganar en una pulseada china. Cuando lo conociste, pensaste que era una de las personas más geniales del mundo. Te cayó bien de inmediato. Tanto que ese verano, ese que permanecerá en tu recuerdo como el mito iniciático de La Relación, que vendría a prefigurar un futuro (más adelante, tras una lluvia tóxica de años, quedaría reducido a una montaña de cenizas), hubo un momento en el que dudaste. ¿A cuál de los dos amigos querías? De igual manera, la flecha de la historia zumbó en el aire. El destino, la suerte, la diké, (vaya uno a saber) obraron. Y todo fue como fue. Ahora toman café y te dice que para el, que nunca en su vida se psicoanalizó, las conversaciones con vos siempre fueron lo más cercano a una terapia. Y recuerdan, como si recogieran un fotograma encontrado en el piso del bar y lo miraran a contraluz, una noche en la que vos cocinabas (cous coous especiado, pollo, humus) y el, del otro lado del pasador, tomaba vino mientras charlaban. No creen que puedan ser amigos. Las circunstancias, etcétera. Pero hoy, por lo pronto, le contás un secreto. Algo que no puede contarle a nadie. Y después de hablar de la naturaleza perecedera de las relaciones, coinciden: somos gatos. (Aunque a vos siempre te gustaron más los perros).

miércoles 19 de marzo de 2008

Algo así

Puede parecer que construyo un dique para que irrigue el dolor. Pero no. Todo lo contrario. Aunque te cueste creerme, escribir es como atar un torniquete alrededor de un miembro infectado. Impedir que avance la gangrena.

Si fuera poeta, sería de la clase suicida.

Soy, en esencia, poco perseverante, cero búfalo (aunque nada me interesa menos que el horóscopo y ni hablar del chino). Cuando me dispongo a la muerte tomo pocas pastillas. No sirven para nada.

Ya que preguntás, te diría que soy bastante buena reencarnando.
Ahora, por lo pronto, me tengo fe. Hago como teshuvá conmigo. Vuelvo al origen, a la pregunta, sigo la pista deslizando las manos alrededor del cordón umbilical, atravieso el útero materno, voy más allá.

De todos modos, la autoestima me incomoda.
Es un colchón demasiado blando. Una cama de agua.

viernes 14 de marzo de 2008

Hace diez años, W. te escribe una cartita de semi amor que comienza con un epígrafe de E. E. Cummings. Un fragmento que, a su vez, lee Michael Caine en Hanna y sus hermanas.
Hace unos meses tu ex te dice que bueno, qué se le va a hacer, la vida no es una película de Woody Allen.
Hoy, le escribís por quinta vez un mail a W. con el subject: “Considerame Spam”, insistiendo: acreditame. Hacés todo lo posible por parecer graciosa e inteligente.
Ayer, atada al cable del teléfono, susurros entre la línea infectada.
Hoy, te despertás a las seis de la mañana, preguntándote desde cuándo empezaste a dar esta imagen de sachet descartable en la góndola del supermercado. Decís: son los treinta y pico. Y ya no volvés a dormir nunca.
Ayer, hoy, a la noche, a la mañana, tendés una línea de equilibrista entre el sueño de tu hija que duerme en su habitación interrumpida por pequeñas tosecitas, y tu desvelo.
Todavía oscuro. Prendés la máquina. Trabajás.
Ahora, preparás el almuerzo. Tu hija no come porque hay basuritas en el plato.
No hay manera de convencerla de que las basuritas son las verduras hidratadas del caldo.
Cambia de tema. Dice: “El Ken es Súperman pero ya no se quedó enamorado de Luisa Lane.”
Ahora está con la bailarina del tutú rosa.
Tienen una hijita desarmable que vino en el huevito kínder.



Nadie
Ni siquiera la lluvia
Tiene manos tan pequeñas

jueves 13 de marzo de 2008

Autofagia

¿Es esto un diario íntimo?
Bien.
Que sea una diario.
Que sea íntimo.
Carnicería,
Endoscopia,
Vivisección.
Voy a comerme viva.

jueves 6 de marzo de 2008

Plegaria antes de dormir

Que la noche sea un facón
y las imágenes que despedazan las horas
como navajas, reposen.

sábado 1 de marzo de 2008

Sábado

Ella es una pelotita del póketer buscando su agujero. Rodando, chocando contra las paredes, rebotando contra el acrílico.

Cuando se levanta de la cama se frota los puños contra los párpados para arrancarse la membrana que le recubre los ojos. La viscosidad se reproduce en la punta do los dedos, pero continúa nublándole la vista. Ahora todo lo que toca es pegajoso. La casa entera surcada por hilos de baba, la mesa cubierta por un mantel de araña.

Abre la puerta, recoge el diario, sale. La calle es un adentro de algo, de otra cosa, una cavidad húmeda.

Claustrofobia.

Camina unas cuantas cuadras, a punto de resbalar y caer desde una altura imposible. Como en sueños, sobre un par de zancos. Motor de colectivos y autos, caños de escape, veredas rotas, una plaza sin juegos, negocios que ofrecen chucherías, florerías exhibiendo ramos mustios; moribundos.

Se detiene en la puerta de un café antiguo, entra, un bandoneonista arruga el fuelle de su instrumento con pasión dudosa. Un hojaldre de diarios y revistas en la mesa. Ella posa su mirada sobre las páginas como un mosquito indeciso, sobrevolando una capa de piel demasiado arrugada y seca. Apila una torre de preguntas en su mente.

Las horas se pliegan como un papel finito, el tiempo es un abanico. El día y ella parecen tramitar el mismo estado de dispersión: llueve, sale el sol, llueve.

Confecciona una lista de tareas posibles: lavar la ropa, escribir, trabajar, leer, ir al cine, dormir. Fichas en un tablero de go, arrinconadas contra una esquina.

Ella nunca se decide. Reza una plegaria en zigzag. Que se termine. Que pronto, algo, se termine.

miércoles 20 de febrero de 2008

No te entiendo.
No sé cómo rellenarte.
Sos un agujero revocado de piel.
Una carpa vacía sostenida por parantes calcáreos.
Sos hueca. Cráneo. Calavera.
Una llama débil encendida a plena luz del día, colgando de la mecha de una vela, a punto de caerse, como una gota.
Sin embargo
Yo no puedo romperte
Asirte
Olvidarte.
Ondeás en mis sueños
Sos un punto corrido en mis medias de seda
Un boceto
A mano alzada
Indescifrable.
Ausente.
Diminuta.
Deliciosa.
Imposible.
Resbaladiza.
Atonal.
Esquiva.
Y yo
Que con tanta facilidad pierdo la compostura
Y soy tan dada al ridículo
Y me dejo humillar
Porque soy tonta
O masoquista
Te lustro los borcegos
Esos
Que ya sabemos.
Pero no,
Porque soy una dama.
Una madre.
Como bien sabés que suelo decir
En ciertas situaciones
Poco apropiadas

miércoles 13 de febrero de 2008


Entramos. Olor a encierro. Humedad. Penumbra. Palpamos la casa, como ciegas posando nuestras manos frías sobre la cara de un extraño, adivinando con la piel de las palmas el contorno de los ojos, los bordes huesudos de las cuencas en donde se alojan las órbitas, el tabique de la nariz, los orificios, la superficie carnosa de los labios, las mandíbulas.

Volvemos a medir las distancias. No nos habituamos todavía a la estrechez de los ambientes, a la proximidad de los techos, las paredes.

Mínimo. Todo.

El equipaje intacto.

Pasan los días. La distorsión del espacio sede con el tiempo. Nos acostumbramos. Los iris abriéndose, para absorber algo más de luz en su agujero. El cuerpo puede lo que nosotras no. La ecuación del tiempo y la distancia, la velocidad de la luz, su incidencia, el ángulo, hace maravillas.

Ella se dejó enterrada en la arena. Ahora es una silueta granulada que se eleva sobre la orilla, dejándose lamer por el mar. Y disolviéndose.

domingo 20 de enero de 2008

Temor y temblor

Si me preguntaras cómo estamos te diría que no muy bien. Ella, con razón, reclama. Yo apenas puedo con mi alma. Poca paciencia Pero sostengo. (La espalda arqueada de sostener como Atlas el peso del mundo). Es fácil adorarla cuando se comporta como una criatura adorable. Una obviedad. Es muy simple ser la-madre-perfecta. Solo de vez en cuando se da el lujo de ponerse caprichosa, patalear, empacarse, llorar. Yo, mi cansancio, el temblor, preanuncios de un terremoto inminente. Madre tiene que trabajar, la enchufa a la tele, programa salidas con amigos, abuelos, tíos. Que la lleven de excursión . Madre permanece frente a la pantalla luminosa horas y horas, las persianas cerradas, en silencio hasta que le duelen las pupilas. Culpa, impotencia, angustia, ¿Podré? Lo dudo. Hija es objeto de alabanza: nunca vi una criatura que se porte tan bien, dicen. Y no mienten. Hija es un dechado de dulzura. Hija es una niña muy pequeña. Hija debe –es menester que lo haga- desquitar su cuota de bronca, insatisfacción, pena. De modo que amenaza, cuando regresa de sendos paseos- con patear a madre. Con pegarle. Grita. Desobedece. Revolea juguetes por el aire. Provoca tsunamis en la bañadera de manera que el agua desborde y se inunde por completo el piso del baño. Madre respira hondo y expira arrastrando hacia afuera un cúmulo de negra amargura que ha ido depositándose lentamente en el fondo de todo. Los ojitos de la nena, azules, medio grises, la expresión más cabal de la belleza, destilan odio. Linda Blair en plena posesión del diablo, un poroto. Ruge –es un león, dice- y arroja un objeto directo a la cabeza de madre. Duele. Madre puede sentir cómo el cerebro imparte una orden a su mano derecha que toma impulso para elevarse en el aire. Pero, antes de descargar todo el peso de su ira sobre el cuerpito , un ángel invisible, el mismo, quizás, que sostuvo la mano de Abraham e impidió que sacrificase a su único y adorado progenitor, grita: detente. Qué habrá pensado el viejo, en ese instante. Cómo fue capaz de obedecer aquel mandato funesto. Si quiesieras saber, te diría deconozco la respuesta. Del mismo modo que no entiendo cómo soy capaz de sentir –aunque más no sea por unos segundos- tanto odio hacia la única persona en el mundo por la cual me dejaría despellejar viva si hiciera falta.

lunes 7 de enero de 2008

Apuntes. Fuego.

El tuvo que volver a enamorarse con la rapidez de un haz de luz viajando por las partículas del aire.
Ella lo intentó, también. Lo sigue intentando.
Pero cada vez que el amor se asoma (igual que en el bolero) como la aleta de un tiburón serruchando el mar, vuelve a sumergirse.
Lo peor, lo peor de todo, es que vive en una montaña rusa (quirúrgica).
Se sienta en el banquito de la cocina, se sirve una copa de vino o una cerveza, fuma un cigarrillo y piensa: si, esto. La herida cicatrizó.
Habla sola. Enumera uno por uno todos los motivos para ser feliz. Y los hay.
No es que, después de todo, no vaya a lograrlo.
Bien, se dice. Y se felicita. Qué bien.
Así él se case y tenga hijitos ella va a lograrlo. Y hasta, quizás, con suerte, también tarde o temprano se enamore y etcétera.
El pequeño problema es que ahora, de pronto, todos esos motivos flotan en la superficie de un caldo aguachento como cascaritas, después de haberse hundido y, en apariencia, condimentado con aromas frescos y exquisitos el potaje.
Un bleuf.
Ella no duerme a la noche, porque tiene miedo de lo que pueda soñar.
A veces, tiene pesadillas. Pero no es tan grave. Lo peor es cuando sueña con besos y abrazos y una reconciliación.
La sensación al despertar, antes incluso de abrir los ojos, es de un desamparo tan hondo que pareciera que el techo se le cayó arriba de la cabeza y tiene que levantarse entre escombros, a la intemperie, debajo de un cielo encapotado de nubes negras.
Todo le pesa. En especial esa sensación de que la piel que con tanto esmero se va regenerando sobre la herida es fina y débil como una mentira improvisada. Una tela barata que se rasga así, de nada.
Y hay que volver a empezar de cero.
Sobre todo cuando se le da por escribirle. O llamarlo llorando. Que es lo mismo que entregarle una escopeta , pararse de espaldas al paredón de fusilamiento y dar, ella sola, la orden: apunten, fuego.

miércoles 2 de enero de 2008

Partida

Abre una botella de vino blanco. Sirve una copa. Toma media. El resto se la echa al arroz que se dora junto con una zanahoria en trocitos y una cebollita picada. Se marea (¿media-copa-de-vino?). Todo da vueltas. Todo se vuelca. Resolución para este año: que haga clic. Magiclic. Pronto descubre que no es el efecto del alcohol lo que la desequilibra. Hace varios segundos que se olvidó de respirar. La llama de la hornalla hace tamborilear sus dedos de fuego azul sobre la base de la olla y propaga calor –más y más calor- por todo el ambiente. Aspira con fuerza, dilatando las aletas de la nariz, intentando llenar de aire el diafragma. Pero a la altura del pecho, algo así como un ladrillo de telgopor impide el paso de un caudal importante de aire. Tiene que soltar la cuchara de madera y sostenerse, con una mano, de la mesada de mármol para no caerse. Un nuevo intento, y esta vez las aletas se adhieren al cartílago de la nariz. El aire atraviesa con fuerza el tabique y se eleva directo hasta la sien. El corazón bombea sangre con violencia. Los ojos le duelen. Siente el peso del agua acumulándose en los lagrimales. Va a llorar.

sábado 29 de diciembre de 2007

FOTO

Franny y yo, en un banco de la plaza, a la sombra. Verde. Ella, de pollerita roja a lunares blancos. Remera roja. Sandalias blancas. El pelo rubio, suelto. Yo, pantalones anchos, celestes, musculosa lila. Ella sube encima mío, recoge las rodillas , las pega al torso, se acurruca, se repliega sobre mis piernas. Me abraza. Apoya su cabeza sobre mi pecho. Yo la abrazo. La aprieto contra mi. Parecemos uno de esos juegos artesanales de madera, compuestos por dos piezas cuyos contornos ensamblan a la perfección y forman juntas una sola figura. Permanecemos así, enroscadas la una a la otra, durante mucho, mucho tiempo. A nuestro lado, un hombre. Es extremadamente flaco. De unos cincuenta años. Rubio. Usa una camisa de mangas cortas verde y un pantalón de vestir gris. No deja nunca de mirar hacia delante. Aunque es imposible determinar a qué. ¿ Los chicos jugando? ¿La calle de enfrente? ¿La nada misma? Pareciera que está ahí sentado desde tiempos inmemoriales. Y que es la persona más sola del universo. Bajo nuestros pies, una marea de palomas negras y patas rojas que no parecen amedrentarse en absoluto por mis amenazantes patadas, se agita. Unos bancos más allá, una anciana vende tubitos de maíz para que los niños colaboren con la expansión de esa plaga inmunda. Una señora se acerca y le compra uno a cada una de sus hijas, que ahí mismo abren los paquetes y empiezan a desparramar los granitos amarillos por todos lados. Ahora las aves forman grumos en el piso. Montañas de plumas y picos desesperadas. Se suben a las cabezas de las niñas, comen de sus manos, baten alas. La imagen es tan aterradora y asquerosa como la peor de las pesadillas hitchcokeanas. MI hija y yo nos desenlazamos recién cuando las piernas empiezan a hormiguearme.

miércoles 26 de diciembre de 2007

Interior/ Habitación / Cama / Noche

Una manta de vapor cálido me envuelve.
Soy un guijarro en la orilla del sueño, rodando en línea recta, empujado por el reflujo de un oleaje débil.
Voy y vengo sobre arena.
Encallo.
El chingui chingui de los vecinos de enfrente paró hace un instante.
Pero su eco rebota, todavía, contra las paredes circulares de mi oído.
La humedad dibuja sobre las sábanas un contorno alrededor de mi cuerpo. Cuando me levanto para buscar una botella agua fría, soy un fantasma observando a un centímetro de distancia, su propia silueta forense.
Trago, en la oscuridad, medio litro de agua helada, reclinada sobre un almohadón.
Pegada al colchón estiro las piernas, los brazos y los separo del torso. Un monigote, una cruz. O una tachadura.
El zumbido de un insecto rasga el aire. Arruga el silencio. Forma remolinos.
Prendo la luz.
No lo veo, pero empiezo a perseguirlo por toda la habitación. Recorro descalza la casa, enciendo luces, las apago, lanzo manotazos infructuosos en el aire, cierro mi puño sobre si mismo.
El insecto no aparece. Ni vivo, ni muerto. Asumo la derrota. Vuelvo a la cama.
A punto de apagar el velador lo veo. Un origami perfecto de filamentos y alas, inmóvil sobre la pared blanca. Acerco la palma de la mano con la lentitud imperceptible de un experto en el arte milenario del tai - chi.
El diminuto engranaje extractor de sangre es ahora un emplaste marrón en la cabecera de la cama.
Por fin apago la luz. Pero continúo saltando la rayuela del insomnio.

miércoles 19 de diciembre de 2007

Lo crudo y lo cocido (y esta entrada muta, como el color y la consistencia de la carne al fuego)

De pié
en la cocina
frente a la plancha de acero.
Unos pedacitos de carne
se arrebatan.
Tomo cerveza.
Miro
cómo las burbujitas se elevan
y no revientan
ni desaparecen.
La luz
del tubo fluorescente
titila.
Duda.
Yo titilo,
también.
Me esfumo.
Reverbero.
Entro
y salgo
de mi.

martes 18 de diciembre de 2007

kinopravda

Salgo del teatro ubicado en pleno Abasto y me convierto en la mujer de la cámara. En máquina registradora. En un ojo cuyo soporte es un cuerpo que se mueve. Paso delante de una milonga. Me detengo a mirar por la ventana. Un rato largo. El lugar es un galpón iluminado por unos focos que irradian luz amarillenta. Paredes medio descascaradas. El piso muy limpio, de baldosas. Parejas de todas las edades. Salvo alguna excepción, nadie viste de forma tradicional. Jeans, remeras con inscripciones, polleras con arabescos de colores. Las mujeres, todas, con altísimos tacos. Firuletean al compás de la música. Se deslizan, se dejan llevar, se contonean. Armónicos. El tema termina y yo me alejo de la ventana y empiezo a caminar hacia Corrientes. A mitad de cuadra, escucho que un nuevo tango empieza a sonar y me cruzo con un policía gordo que canta sin pifiarle ni a una sola nota, la letra de la canción.

sábado 15 de diciembre de 2007

Arco-Iris

Sábado. No existe nada. Hasta que su voz abre una muesca entre la profundidad de tu sueño y el mundo. Te llama. Te nombra. Mamá. Abrís los ojos. Ella está ahí. Parada. En remerita y bombacha. Abraza a su oso. Estás, todavía, un poco mareada. Girás la mitad de tu cuerpo en dirección a la mesita de luz. Agarrás el reloj. Mirás la hora. Son las doce. Ella se recuesta en tu cama. Al lado tuyo. Se abrazan. Enlazan las cuatro piernas desnudas. Arman una tienda con las sábanas. Estiran los brazos para tensar la tela. Se hacen cosquillas. Se acarician, por turnos. Se besan las mejillas, la frente, los hombros. Se ríen. Sentís los párpados hinchados. Te palpás con la punta de los dedos. Cerrás los ojos durante unos segundos. Te mantenés a flote, sobre la superficie del sueño. Pareciera que las horas de tregua no lograron desagotar todo el cansancio acumulado. La puerta está abierta. Da al pasillo. Ahí, parada, te ves. Tenés puesta una musculosa celeste y un jean. El pelo mojado. Recién salís de ducharte. Sostenés con una mano el tubo del teléfono, apretado contra la oreja. Estás gritando. La cara roja, cruzada por estrías de llanto. El dolor te tuerce la boca. Decís: no me jodas más, no me jodas más. Una súplica, una amenaza. Es tu cuerpo. Doblado, encogido. Pero esa no es tu voz. Es la voz de otra, de otro, de algún espíritu que desde un lugar remoto y vacío, oscuro y abandonado desde hace siglos, te posee. Nace en una gruta húmeda y se eleva desde tu estómago hasta atravesar el nudo en la garganta. Querés estar en cualquier lado, menos ahí, temblando. Escuchando. Pero, milagro: ya no estás ahí. Sentís el roce suave de las sábanas de algodón verde oliva. La mirás y, una vez más, como si fuera la primera vez en la vida, te asombrás de lo hermosamente bella que es tu hija. La acariciás otra vez y le preguntás si quiere desayunar.

martes 11 de diciembre de 2007

Sin pies ni cabeza

Hoy amanecí con ganas de morirme. Pero en un rato habrá que despertar a la niña y llevarla al jardín de infantes y darle plata para comprar el regalo navideño de los maestros a la mamá que se encarga. No quedaría bien no hacer algún aporte. Y mucho menos ser una madre cadáver. Dudo que sea bien visto por la sociedad de jardines de infantes palermitanos. Considero, además, que por lo menos debería preocuparme, antes, por dejar alguna obra maestra. Algo como para publicar póstumamente, o lo que sea, que me permita pasar a la posteridad.
Me fui de tema.
(Ah. No. No hay un tema)
Ayer, el muchachito me dice que me quiere cuando estoy de buen humor. Y que a veces no me soporta.
Pero –digo- mi naturaleza es oscura.
Que en ese caso –me contesta- me quiere cambiar.
What?
No, querido. Error.
Mis instantes de felicidad son, a lo sumo, como ese rayo de sol que ilumina por unos breves segundos al teniente Mamiya dentro del poso.
El dolor fue siempre, para mi, como el material de relleno con el que se mantiene tiesa a una figura embalsamada. La albúmina viscosa pronta a derramarse apenas se casca la capa fina y delgada que recubre al huevo. La estopa apelmazada que moldea la forma de un muñeco de trapo. Esa materia gris y suavecita que supura cuando la tela empieza a descoserse, generalmente desde alguna de sus extremidades y cada tanto se intenta meter para adentro, con la punta del dedo. Sin poder apreciar que cuanto más se introduce el dedo, más se rasga la tela. Más se vacía el muñeco. Pierde consistencia.
Creo que el joven en cuestión está perdiendo su precioso tiempo.
Yo no estoy en condiciones de amar a nadie.
Salvo, claro, a mi pequeña. A la que me tragaría de un solo bocado, de tanto que la quiero.

viernes 7 de diciembre de 2007

Leer

Entro al departamento cargada. De mi mano derecha cuelgan varias bolsas. Con la izquierda sostengo un ramito de cuatro jazmines más bien mustios que compré una cuadra antes de llegar a la puerta de mi edificio. No se por qué. Pero me siento radiante. Tal vez sea el verano, o el aroma que despiden las flores que ahora pongo en un florero con agua, o la inminencia del viajecito de fin de semana que surgió de improviso. Revuelvo el interior de las bolsas en busca de uno de los tres libros que me acabo de comprar. Debería ponerme a trabajar. En cambio, me acomodo en el sillón con el libro en la mano, abro en la página que había marcado cuando tuve que bajar del colectivo y me dispongo a retomar la lectura. Decido, en ese momento, que voy a leer hasta terminarlo. Es un libro corto. Aunque no podría especificar si se trata de una novela, una nouvelle o un cuento. Nadie podría. De todos modos, a mi me da exactamente lo mismo. Solo me levanto una vez para ir a buscar el cuarto de helado a medio tomar que tengo en el freezer hace un par de días. Chocolate y sambayón. Continúo la lectura dejando impresas algunas huellas de chocolate en los márgenes del libro. Hacia el final, y sin poder dar crédito a lo que estoy haciendo, derramo algunas lágrimas. Ahora, el libro que unas pocas horas antes se exhibía, inmaculado, en las bateas de la librería, contiene una extraña mezcla de fluidos diversos.

sábado 24 de noviembre de 2007